<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-646007794242695953</id><updated>2011-11-27T15:20:48.517-08:00</updated><title type='text'>Anecdotario de un Sanchez</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Javier Pelizzari</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18180685001490560691</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='28' src='http://1.bp.blogspot.com/_HW7myRmIqJI/SP_qLIXjkpI/AAAAAAAAAAg/oGLBRtqcAaY/S220/libro.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>4</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-646007794242695953.post-1762342257548309151</id><published>2008-12-10T17:45:00.001-08:00</published><updated>2008-12-10T17:45:51.543-08:00</updated><title type='text'>Capitulo 4</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;La relación entre Aroldo Y Amanda Sánchez podría ser tildada de monótona por cualquiera de nosotros, sin embargo ellos no lo sentían así.&lt;br /&gt;La historia entre ambos comenzó a escribirse una tarde de domingo en la que el padre de Amanda fue a la cancha el aquel club de barrio. Ese día se jugaba el clásico vecinal y además del honor y la posibilidad de gastarle bromas a los archi rivales durante meses, estaba en juego el campeonato local.&lt;br /&gt;La cancha explotaba de gente, digamos unas 3000 personas, lo cual significaba que casi todos los varones del aquel barrio, de entre siete y setenta años, estaban allí. Había además un cierto numero de mujeres, que tenían reservado un sector de plateas. Entre esas pocas mujeres se encontraba Amanda Sánchez, no por una cuestión de pasión por aquel deporte, sino porque su padre le había prometido llevarla al cine luego del partido.&lt;br /&gt;Vale la pena aclarar rápidamente, para que entienda usted lo que estaba en juego en aquel partido tan emblemático, la clase de rivalidad que existía entre los clubes. Entre uno y otro había cuatro cuadras de distancia y los simpatizantes de ambos se encontraban muy repartidos por la geografía del barrio. Por lo que se daba tranquilamente que en el mismo pasillo, hubiera una familia de cada club. Incluso había familias, en las que sus hermanos simpatizaban uno por cada club. Amistades, lazos familiares, respetos y demás hierbas, todo se acababa en el barrio cuando se enfrentaban el verde y blanco por un lado, y el azul por otro.&lt;br /&gt;Ganar aquel partido significaba seis meses de poder sobre la otra parcialidad, en los que uno tenía el derecho de hablar, burlar, y gastar todo tipo de bromas.&lt;br /&gt;Y este partido tan particular que nos ocupa, comenzó a jugarse varios días antes de aquel domingo.&lt;br /&gt;La noche anterior, Aroldo, el joven Aroldo Sánchez, valuarte del tridente ofensivo del verde y blanco, se dispuso junto a algunos amigos del club, a gastarle una broma a un vecino llamado Américo Picciafuoco. Don Américo, además de confeso fanático del azul, era miembro de su comisión directiva. En el barrio era un personaje tanto respetado como temido. Respetado por sus pares, quienes lo veían como una persona responsable, recta en extremo y seria como pocas, temido por los mas jóvenes, quienes lo veían como una suerte de monstruo que con su sola mirada los hacía desistir de cuanta cosa extraña estuvieran tramando. Don Américo, como todos lo conocían, había construido una enorme parrilla, cuya parte trasera se alzaba por encima de la pared del frente de su casa, estaba construida con pequeños ladrillos, y se había tomado el trabajo, para nada liviano, de pintar cada ladrillo de color azul, y todas las uniones en blanco. Su casa era pues, vista desde el frente, una declaración jurada de su amor por la institución cuyos destinos ayudaba a dirigir, o si se quiere una invitación, para quienes no tenían nada mejor que hacer que dedicarse a tramar como hacerlo pasar del respeto circunspecto de su persona, al enojo desesperado. Entre estos se encontraba Aroldo, que vivía a unos 40 metros de la casa de don Américo.&lt;br /&gt;Muy tarde, de madrugada, el y algunos secuaces se dirigieron a la pared del frente de la casa en cuestión, armados con dos tarros de pintura y dos pinceles. Con velocidad y precisión francamente envidiables, se tomaron el trabajo de pintar un ladrillo de verde y otro de blanco. El trabajo distaba mucho de ser un Gaudí, no obstante, allí permanecieron por espacio de unos cuantos minutos admirando la obra terminada.&lt;br /&gt;La mañana del partido, amaneció con un sol radiante y el barrio ya vivía la fiesta que se avecinaba. La comida temprano, las charlas en el café, en los comercios, en la calle. El único tema era aquel partido de la tarde. Aroldo Sánchez se ubico en el bar “El elegido”, que estaba justo en frente de la casa de don Américo Picciafuoco, a esperar su salida. A esa hora el bar era una romería de gente, era la hora del “vermú” y regularmente se daban cita todos los personajes del barrio. A las once en punto, con sajona puntualidad a pesar de su origen italiano, don Américo abrió la puerta de su casa y asomo su humanidad, con aire elegante y soberbio. Saludó a amablemente a quien debía, y se dirigió al otro lado de la calle, mientras guardaba en el bolsillo de su chaleco un antiguo reloj de cadena. Antes de que pudiera entrar al bar, como era de esperar, las risas eran generales, y no solo de la parcialidad del club verde y blanco, sino también de la del azul, quienes sabían de antemano que el espectáculo que se avecinaba, sería dantesco. Le dejaron libre la mesa de la vidriera, para que don Américo se ubicara allí, desde donde dominaba su casa perfectamente. Se acomodo, se quito el sombrero, y pidió lo de rutina al mozo. El clima era tenso, todo el mundo esperaba el momento en que el portentoso italiano, se percatara de la broma de la cual había sido victima.&lt;br /&gt;Los minutos pasaron y don Américo se concentró en el diario, donde en las paginas deportivas el partido de la tarde se llevaba los laureles, con titulares de gran tamaño.&lt;br /&gt;Una vez terminada la lectura del matutino, la exitación popular ganó los corazones, y como nunca falta, alguien lanzó la piedra.&lt;br /&gt;“...Y don Americo? A quien le tiene fe esta tarde?”&lt;br /&gt;Esa pregunta era, dirigida a aquel hombre, una obviedad que rayaba lo ridículo. Por lo que Américo solo se digno a responder “...mire amigo, mire mi casa y deje de preguntar pavadas.”&lt;br /&gt;“...no se enoje don Américo, le pregunto precisamente porque miré su casa.”&lt;br /&gt;El silencio ganó el bar, mientras Américo perdía paulatinamente la sonrisa, y giraba su cabeza sin dejar de mirar a su interlocutor. Como quién sin saber de lo que le están hablando, lo intuye mortalmente, pero se resiste a creer que pueda ser posible semejante cosa.&lt;br /&gt;Y si, fue posible.&lt;br /&gt;La chimenea de su parrilla se abalanzaba sobre la vereda con ladrillos verdes y blancos.&lt;br /&gt;Se levantó...lento, muy despacio y sin dejar de mirar el frente de su casa. Dirigió una mirada escrutante a todos los presentes, no con la intención de buscar culpables, sino para que alguien se apiadara y le dijera que aquello no era verdad. Naturalmente encontró silencio, ni siquiera risas, solo silencio.&lt;br /&gt;Volvió a mirar su casa a través de la vidriera del bar, tomó su sombrero y caminó lento hasta la puerta. Allí se paró, erguido y amenazante. Cruzo la calle y todo el bar salió a la puerta para ver aquello. Llegó hasta la pared en la que se alzaba la chimenea y la miró...la miro larguísimos segundos. Finalmente el shock cedió ante las embestidas de su ira y girando sobre sus pasos miró a los que reunidos en la puerta del bar, lo seguían expectantes. Entonces gritó don Américo, con toda la potencia y la furia de la que era capaz en aquel estado. Insultó en castellano, insultó en italiano, maldijo en castellano y maldijo en italiano, y ahora si sus ojos rojos de ira buscaban una cara, no importaba si era culpable o no, solo una cara que a el le pareciera culpable con la que poder apagar el fuego de su impulso vengativo.&lt;br /&gt;Ya se había quitado el saco, arremangado la camisa y estaba presto a golpear a alguien, cuando intervino Jesús Sánchez, el padre de Amanda, quién pasaba por allí camino a comprar el diario, para luego dirigirse al bar. Recurriendo a la larga amistad entre ambos, Jesús logro calmar a don Américo y llevarlo nuevamente a la mesa del bar. Le pidió una copita de ginebra, y lo contuvo, hasta que la crisis nerviosa fue cediendo terreno al sosiego. Años después se supo que en realidad Jesús logró calmar a don Américo solo después de prometerle, que el mismo se encargaría de encontrar al culpable, y entonces si le dejaría desahogarse.&lt;br /&gt;La rabieta de Américo fue histórica en el barrio, y por colmo de males los ladrillos permanecieron verdes y blancos por varios días, ya que el hombre era ya mayor para subirse a pintar la chimenea, y su hijo no había tenido el tiempo de hacerlo. Por lo que una buena tarde el italiano le dijo a su hijo, a manera de ultimátum “o la pintas de azul, o la tiro abajo”, por lo que si, fue repintada de azul.&lt;br /&gt;Finalmente llegó la hora del partido aquel domingo, y allí estaba Amanda esperando solamente que termine, para que la llevaran al cine.&lt;br /&gt;El padre de Amanda se identificaba con el club azul, y no eran estos los nombres de estos clubes, sino los colores de sus emblemas. Por lo que se encontraba sentado en el sector asignado a los hinchas de ese club.&lt;br /&gt;El partido en si, fue muy malo, quizás por la carga de responsabilidad que llevaba cada uno de los 22 jugadores, quizás porque nada mas podía pedírseles a aquellos muchachos.&lt;br /&gt;La cuestión es que cuando todo los presentes daban por sentado que terminaría cero a cero, faltando dos minutos para el final, la pelota cae en los pies de Aroldo Sánchez, quien se quedó un segundo dudando que hacer con el balón en sus piés. De repente y despejada la duda, Aroldo miró el arco y saco de su pierna derecha un zapatazo que tras pegar en el poste del arco, terminó en el fondo de red.&lt;br /&gt;“Una voz me dijo que le pegara” argumentó Aroldo durante años, atribuyéndole un aire divino a aquel golpe de suerte, sin dudas, sus cinco minutos de gloria.&lt;br /&gt;La locura del griterío de la muchedumbre y la alegría desbordada en Aroldo, lo impulsaron a correr de manera desesperada en su festejo, terminando delante de la tribuna en la que se encontraban las mujeres.&lt;br /&gt;Fue allí, donde sus ojos, desorbitados por la locura del momento encontraron los ojos de Amanda, que mas que con intenciones seductoras lo miraba como tratando de entender que llevaba a aquel hombre a semejante estado de excitación. Sin embargo el, si la miró con toda la confianza de que ser el héroe de aquella tarde, tranquilamente podría valerle el corazón de aquella joven, que por cierto, acababa de cautivarlo.&lt;br /&gt;Aroldo efectivamente resultó aquella tarde de domingo, ser el protagonista mayor de la histórica victoria del verde y blanco sobre el azul. Aquella misma tarde nació, según algunos, el “fierro Sánchez”, aquel de la pegada prodigiosa. Para otros, según Aroldo, envidiosos del éxito ajeno, el “fierro Sánchez” nació exactamente cuatro días después de aquel partido.&lt;br /&gt;En el barrio aún se hablaba solamente de la victoria, producto del golazo de Aroldo, y don Américo aún presionaba a su hijo para que repinte la chimenea de su parrilla, cuando ambos clubes, preparaban por separado sus respectivos bailes de carnaval.&lt;br /&gt;Así como los enfrentamientos deportivos dividían al barrio en dos, el carnaval los unía en una lipotimia social difícil de explicar. Durante esas mágicas noches de verano, no había diferencias entre los unos y los otros, los de arriba, los de abajo y los del medio, si es que existe el medio en esta cuestión.&lt;br /&gt;Por las tardes la gente mayor salía a las calles y jugaba al carnaval,  y por las noches ambos clubes eran casi una extensión del otro, y sus socios se mezclaban con vecinos del otro club. El clima era de fiesta, de alegría y porque no, de algún que otro exceso bien entendido, sobre todo con la bebida.&lt;br /&gt;La primera noche de baile en el club verde y blanco, lo encontró a Aroldo con su autoestima por la nubes, y no era para menos, estaba en boca de propios y extraños con aquel remate furtivo al corazón del arco rival.&lt;br /&gt;Se repasó por ultima vez el cabello con un pequeño peine de carey que tenía cita obligada en su bolsillo y avanzó hacia la puerta del club, con el recuerdo de aquellos ojos como estandarte, pues estaba decidido a acercarse a ella, donde sea que volviera a verla.&lt;br /&gt;En el mismo instante en que Aroldo pisaba el umbral del club, un cable que decoraba la entrada con luces de todos los colores, cedió al peso de las lamparitas y se cortó, produciendo un fogonazo de magnitudes considerables, que derivo en un apagón general, el desorden cundió en el gentío, y sumado a la oscuridad reinante, provocó que los empujones por ganar la calle no tardaran en hacerse presente.&lt;br /&gt;Se  dieron vuelta las mesas, se cayeron las sillas y las señoras mayores, los jóvenes aprovechaban para dejar correr alguna caricia en un lugar no del todo aceptada, en algún cuerpo para nada dispuesto, los acompañantes de ese cuerpo pugnaban por hacer justicia con el insolente en plena oscuridad. En la estampida, la gente atropelló los instrumentos de la orquesta que se disponía a tocar minutos mas tarde, y para desgracia del contrabajista su instrumento fue ferozmente pisoteado por la muchedumbre. Un barril que contenía sendas barras de hielo rodó por el piso, con lo cual la gente patinaba y se amuchaba una encima de otra sin remedio.&lt;br /&gt;Aroldo, quedó parado en el umbral de la entrada, sorprendido por el fogonazo.&lt;br /&gt;Fueron unos 5 minutos eternos, no mas que eso, lo que duró la oscuridad. El intendente del club, se movió rápidamente y logró solucionar la cuestión eléctrica.&lt;br /&gt;Súbitamente..., la luz.&lt;br /&gt;El griterío ceso en un instante, y la gente se detuvo en su huida. El panorama que pudieron observar a su alrededor era poco menos que desolador y se parecía mas a una zona de guerra que a un baile de carnaval.&lt;br /&gt;Para  muchos otros, esa fue la noche, en que nació “el fierro Sánchez”.&lt;br /&gt;No obstante los desafortunados hechos acaecidos en aquella noche de carnaval, Aroldo siguió buscando en las noches siguientes a la joven de la tribuna femenina. Al club verde y blanco, le llevó dos días dejar todo listo para un nuevo baile, por lo que a la noche siguiente de la trágica estampida, todos fueron al baile organizado por el club azul, cosa que de todas maneras solía pasar, ya que como dije anteriormente, el carnaval unía a la gente del barrio de una manera particular.&lt;br /&gt;Por lo que aquella noche, la segunda de carnaval, el club azul presentaba un aspecto imponente, no se recuerda tanta concurrencia en un baile como lo hubo aquella noche e incluso hoy, tantos años después, aún las fotos de aquella velada decoran las paredes del buffet.&lt;br /&gt;Allí se dirigió Aroldo, repitiendo el atuendo de la noche anterior, detalle que solía cuidar, pero como no había llegado siquiera a ingresar al baile anterior, pensó que se podía permitir repetir el traje.&lt;br /&gt;Esa vez nada ocurrió, ingreso al club portando una sonrisa amistosa, entre comentarios que le llegaban aun sobre su zapatazo del domingo, felicitaciones y algún que otro comentario en tono de broma, que le gastaba la gente del club rival. Pasó por delante de don Américo, quien estaba en la entrada recibiendo a la gente, con su consabida impronta y lo que ello representaba. Aroldo lo saludó muy cortésmente y Américo le devolvió el saludo y un apretón de manos cordial, claro que ignoraba completamente que el había sido, además del verdugo de su club, el verdugo de su chimenea.&lt;br /&gt;Estimo que Aroldo se encontraba aquella noche, en uno de esos momentos en que uno piensa que el mundo le queda pequeño, y que nada de lo que la vida pueda ponernos delante, tendrá la facultad de hacer que nos detengamos. Casi como si sus cinco minutos de gloria, se hubieran prolongado algunos días.&lt;br /&gt;A título personal considero que la vida luego le cobró aquellos días de crédito, con mas los intereses devengados.&lt;br /&gt;La cuestión, es que apreciaciones al margen, Aroldo dejaba que su fe ciega en si mismo, fuera delante suyo, tapándole los ojos a cualquier tipo de fracaso o rechazo.&lt;br /&gt;La buscó entre la gente, la buscó como un autómata, mirando sin ver, pero sabiendo que cuando la viera, la reconocería al instante. No se equivoco en lo mas mínimo, allí estaba ella, sentada en una mesa junto a su madre, su padre y su hermano mayor.&lt;br /&gt;No lo dudó, se dirigió a la mesa y saludando educadamente a toda la familia, solicito permiso a       Jesús, el padre, para invitar a Amanda a bailar.&lt;br /&gt;Jesús reconoció automáticamente a quien había dado la puñalada mortal al club de sus amores, en el partido del domingo anterior. La vida le pareció entonces, un desfile de ironías que no terminaba de sorprenderlo. La miró a su hija, quien bajó instintivamente los ojos y se limitó a sonreír. Finalmente le hizo un ademán de aprobación a Aroldo, quien tras agradecerlo respetuosamente, tendió su mano hacia Amanda para ayudarla a incorporarse de la silla y juntos caminaron a la pista de baile, cancha de básquetbol en los días en los que el carnaval no la bautizaba con su ungüento de colores, brillos y fantasías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- o -&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/646007794242695953-1762342257548309151?l=anecdotariodeunsanchez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/feeds/1762342257548309151/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=646007794242695953&amp;postID=1762342257548309151' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/1762342257548309151'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/1762342257548309151'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/2008/12/capitulo-4.html' title='Capitulo 4'/><author><name>Javier Pelizzari</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18180685001490560691</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='28' src='http://1.bp.blogspot.com/_HW7myRmIqJI/SP_qLIXjkpI/AAAAAAAAAAg/oGLBRtqcAaY/S220/libro.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-646007794242695953.post-5925181923880699265</id><published>2008-10-29T08:34:00.000-07:00</published><updated>2008-10-29T08:35:26.541-07:00</updated><title type='text'>Capitulo 3</title><content type='html'>Aroldo trabajaba en una terminal del ferrocarril, situada en el puerto de Rosario, una terminal de cargas y acopio de mercaderías en tránsito. Sus años de servicio y la prolijidad con que se manejaba en sus tareas le valieron un puesto con cierto poder de mando y cierto poder de decisión a niveles meramente domésticos. Sin embargo el estaba convencido, de que de su trabajo y sus decisiones dependían en buena medida la salud de la empresa ferroviaria. Si hoy pudiéramos preguntar a alguno de sus compañeros de tareas, seguramente lo tildarían por mera envidia, de obsecuente.&lt;br /&gt;Aroldo tenía mucho trato, dada las características de su trabajo, con gente que llegaba en los buques de carga desde todas partes del mundo, y se sentía feliz de poder compartir con esas personas, absolutamente desconocidas, las vivencias y costumbres de sus respectivas culturas. En muchos casos, el buque permanecía en el puerto por espacio de varias semanas, por lo que se entablaba una relación diaria de convivencia. &lt;br /&gt;Había un ritual, que corría por absoluta cuenta de Aroldo, que constaba en esperar el descenso de una tripulación que acababa de llegar a puerto, con sus operarios ferroviarios formados y acercarse al capitán del buque de turno con un mate en la mano, para darles la bienvenida a Argentina, dándole a un hecho que para el resto de aquellas personas era tan cotidiano como irrelevante, un aire ceremonial y romántico.&lt;br /&gt;No sabría yo contarle, que opinaban los superiores de Aroldo de aquella ceremonia tan particular, solo imagino que les causaría gracias pues jamás le solicitaron que dejara de realizarlas.&lt;br /&gt;Los operarios que tenía a cargo en aquella estación, no terminaban de comprender porque debían formarse a la llegada de cada barco, ni porque aplaudir cuando Aroldo se aproximaba al capitán mate en mano con aires de embajador. Tan rigurosa era esta cuestión que todos terminaron por asumir que se trataba de una orden que Aroldo al igual que ellos, también debía cumplir.&lt;br /&gt;Un discurso corto y para nada improvisado, en un perfecto inglellano o casteglés redondeaban una bienvenida que doy por seguro, estas tripulaciones jamás recibían en ningún puerto del mundo.&lt;br /&gt;Vale aclarar que en el noventa por ciento de los casos el mate era esputado por quien lo recibía de manera inmediata, no siendo esto motivo de ofensa para Aroldo, quien sabía que el primer mate jamás gusta, por lo que insistía con un segundo que como se imaginará ud. era tajantemente rechazado. El choque de las culturas al pié de la explanada de descenso de los buques era todo un espectáculo. Vale aclarar que en aquellos años toda esta cuestión de la globalización era solo una idea en la mente de quienes manejaban el mundo, las comunicaciones no eran lo que hoy, y para una llamada de larga distancia se debía esperar horas, por lo que realmente no se tenía verdadero conocimiento respecto a como se vivía en otras latitudes.&lt;br /&gt;Aroldo Sánchez disfrutaba muchísimo de estos intercambios y muchas veces la relación con los embarcados, llegaba casi a una suerte de amistad. Tal era el caso de Tzun, estoy casi completamente seguro de que ese no era exactamente su nombre y si lo era, no se escribe de la manera en que yo lo hice, pero sabrá Ud. disculpar la falta de mayores datos.&lt;br /&gt;Tzun era capitán de un buque de bandera filipina pero en realidad el era nativo de Indochina. Su barco era un buque cerealero de tremendas dimensiones aún para quienes están acostumbrados a ver ese tipo de barcos. Tzun llegaba regularmente una vez cada 6 meses al puerto de Rosario, desde hacía unos cuantos años, y se trató de una de las poquísimas personas a quienes el mate de Aroldo le pareció aceptable. Jamás tomó el segundo, pero no haber escupido el primero ya lo ubicaba entre los mas ilustres visitantes. Cargar aquel buque llevaba casi un mes por lo que en ese tiempo el personal de a bordo gozaba de tiempo medianamente libre para recorrer y conocer la ciudad.&lt;br /&gt;Tzun era de contextura pequeña, y no es esta la apreciación de alguien que reconoce en estas personas una tendencia a ser pequeños. Tzun era pequeño incluso entre sus coterráneos, lo que aquí llamaríamos injustamente, un petizo. La edad del capitán era un absoluto misterio, no porque el quisiera mantenerla en secreto ni mucho menos, sencillamente porque la barrera idiomática no permitió que ese dato fuera conocido, es decir, jamás lo entendió Aroldo cuando el capitán le dijo su edad.&lt;br /&gt;La primera vez que se vieron, luego de la ceremonia de bienvenida de rutina, el capitán lo invitó a recorrer el buque, y a manera de devolución de gentilezas le obsequió a Aroldo una botella de aguardiente. Botella que estuvo expuesta en una vitrina en la casa de los Sánchez durante muchísimos años.&lt;br /&gt;La llegada del capitán Tzun era un hito en la vida de Aroldo, pocas cosas lo ponían tan alegre y de tan buen humor, no sabría yo explicarles el motivo, pues las conversaciones entre ambos eran tan solo un esfuerzo por hacerse entender. Sin embargo pasaban juntos todo el tiempo que les era posible, incluso hubo muchas invitaciones a cenar en la casa de los Sánchez que el capitán aceptó gustosamente.&lt;br /&gt;Hombre educado y cordial, con muchísimo mundo a cuestas, Tzun se dispuso en una de sus visitas, devolver las atenciones recibidas por parte de los Sánchez por lo que los invito a cenar a bordo de su buque. Allá se dirigieron los Sánchez, ataviados con las mejores ropas de las que podían disponer en su vestuario. Al llegar al buque, la noche estaba ya casi cerrada sobre Rosario, por lo que el buque completamente iluminado eran un espectáculo colosal. Dos marineros recibieron a la familia y uno de ellos puso su gorra en la cabeza de Irmo.&lt;br /&gt;El salón en el que se serviría la cena estaba totalmente revestido en madera, y de pared a pared, había fotos del buque en casi todos los puertos que había visitado y fotos de quienes habían sido sus capitanes antes que Tzun. La iluminación del ambiente era muy cálida y en un rincón había dos sillones lo suficientemente grandes como para que unas seis personas se sientaran cómodamente en ellos.&lt;br /&gt;Tras una espera para nada prolongada, el capitán ingresó en aquella habitación, llevando consigo dos cajas de cartón de considerables dimensiones, una debajo de cada brazo, y un marinero detrás de él llevando otras dos cajas una encima de la otra.&lt;br /&gt;Saludó efusivamente a Aroldo en un idioma que los niños no pudieron descifrar, y acto seguido se plantó amablemente delante de Amanda y le besó la mano, dándole la bienvenida y dirigiéndole un cumplido, en un castellano que sonó practicado para la ocasión, pero perfectamente entendible. Luego llegó el turno de los niños, para lo cuál tomo las dos cajas que había dejado en el piso para besar la mano de Amanda y les hizo un ademán a Irmo y a Juán para que se acercaran. Los niños lo comprendieron y se acercaron a las cajas, y el capitán lentamente y diciendo algo que tampoco fue comprendido por los hermanos ni su madre, levantó las tapas de las cajas.&lt;br /&gt;Irmo era quien mas se había aproximado, y por consiguiente, quien acusó la sorpresa de manera mas directa, tan directa fue que dió un salto hacia atrás y tropezándose con su hermano cayó de espaldas. En medio de la confusión, los gritos de espanto de Irmo, la exclamación de Amanda, y las risas del capitán y los marineros, Juan no pudo mas con su curiosidad y se acerco a las cajas para ver su contenido, lo que vio, lejos de asustarlo lo cautivó. Eran dos lagartos, uno por cada caja, de color completamente blancos, y aproximadamente unos cuarenta centímetros de largo, y salvo por sus ojos, que se movían agrandando y achicando la pupila no se notaba ningún otro indicador de que esas “cosas” estuvieran vivas. Eran extrañamente hermosas, impresionantes, es cierto, pero hermosas de alguna manera. Irmo no lograba recuperarse del susto, tirado en el piso no le quitaba los ojos de encima a las cajas, y fue Amanda quien lo ayudó a incorporarse y lo animó a acercarse a las cajas, justo en el momento en que el capitán pidió la atención de los presentes, y con el dedo acaricio la cabeza del animal, quien súbitamente y con un chillido agudísimo abrió un abanico de color blanco en torno a su cuello, lo que le daba un aspecto no solo amenazador sino además fantasmagórico. Nuevamente Amanda debió ayudar a Irmo quien por causa de este segundo sobresalto pasó de estar a su lado, a quedar en el rincón mas alejado de aquel salón con la respiración agitada y el pecho a punto de explotarle.&lt;br /&gt;Los presentes para Amanda y Aroldo fueron muchísimo mas ortodoxos, en el caso de la dama se trató de un clásico kimono de seda rojo, con imágenes de dragones bordados en hilos dorados y plateados, un trabajo magnífico desde todo punto de vista. A Aroldo su regalo lo colocó al borde del insomnio las noches posteriores a la cena, se trataba de una replica del buque en el que se encontraban, metido dentro de una botella de fino cristal. El nivel de detalle de aquella reproducción en miniatura era en absoluto increíble y todo tipo de conjeturas lo llevaron a la penosa conclusión de que no tenía la mas remota idea de cómo habían logrado introducirlo en la botella, proceso del cual Aroldo Sánchez se percató muchísimos años después y por una mera casualidad.&lt;br /&gt;La cena fue una de esas ocasiones que la familia, recordaría regularmente a lo largo de los años, se podría decir que esa noche, el capitán Tzun sin saberlo, les regaló un poco de su magia tan particular, y por algunas horas la familia Sánchez, se sintió menos Sánchez y mas familia entre las risas que como en contadísimas ocasiones, les brotaban al unísono a cada uno de los cuatro.&lt;br /&gt;Los años pasaron, y un buen día Aroldo y sus operarios aguardaron como de costumbre en la explanada, el buque de Tzun, un poco mas oxidado que hace años, pero igualmente imponente, atracó en el mismo lugar de siempre y en el puente se adivino la silueta del capitán, pequeña y erguida.&lt;br /&gt;Los marineros comenzaron a descender y finalmente bajó el capitán. Para sorpresa de Aroldo  no era Tzun quien portaba el uniforme oscuro y la gorra con visera negra, sino un joven de aspecto igualmente oriental. Aroldo no realizó el ritual ese día, esperando que su amigo bajara del buque, al cabo de unos minutos, y ante la sensación de que no sería así, se decidió a abordar el buque y se encaminó instintivamente al salón donde años atrás cenaran todos juntos. La larga hilera de cuadros, de pared a pared, con fotos del barco en todos los puertos del mundo, y quienes habían sido sus capitanes, seguía allí intacta, salvo por aquel último cuadro con la foto de Tzun coronada por una sonrisa que difícilmente Aroldo podría olvidar. Ese día, el mate lo tomó Aroldo junto a aquel cuadro, en honor de aquel hombre. Los operarios rompieron filas, y regresaron a sus tareas habituales. El nuevo capitán, que hablaba perfectamente el español, finalmente le quitó la intriga, Tzun murió a los setenta y un años, y Aroldo hubiera apostado que no superaba los cincuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- o -&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/646007794242695953-5925181923880699265?l=anecdotariodeunsanchez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/feeds/5925181923880699265/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=646007794242695953&amp;postID=5925181923880699265' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/5925181923880699265'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/5925181923880699265'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/2008/10/capitulo-3.html' title='Capitulo 3'/><author><name>Javier Pelizzari</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18180685001490560691</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='28' src='http://1.bp.blogspot.com/_HW7myRmIqJI/SP_qLIXjkpI/AAAAAAAAAAg/oGLBRtqcAaY/S220/libro.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-646007794242695953.post-5867356459783031595</id><published>2008-10-21T07:47:00.000-07:00</published><updated>2008-10-21T07:48:49.029-07:00</updated><title type='text'>Capitulo 2</title><content type='html'>Juan Sánchez tenía ya 14 años cuando experimentó las sensaciones de su primer amor. Ese que hace que un varón deje de ser un niño para siempre e intente ser un hombre, o al menos parecerse a la imagen de hombre que tiene presente, aunque este no era el caso de Juan.&lt;br /&gt;Una excursión programada por su colegio, para visitar el museo de ciencias naturales, fue la excusa que el destino necesitó para que Juan Sánchez  sintiera por primera vez en su vida que ya nada volvería a ser como fue.&lt;br /&gt;Los varones se habían ubicado hacia la parte trasera del colectivo, como si de eso dependiera cierta falsa libertad de acción, y las niñas quedaron sentadas en la mitad delantera, junto a las dos profesoras que viajaban con el contingente.&lt;br /&gt;El griterío fue en aumento y una de las profesoras decidió que ya era suficiente, por lo que se dirigió a la parte trasera para impartir orden, en el preciso instante en que Juan Sánchez parado en su asiento, golpeaba la cabeza de un compañero.&lt;br /&gt;El remedio a la situación fue inapelable, y Juan, entre las risas y burlas de sus compañeros debió acompañar a su profesora hacia la parte delantera, donde debía permanecer junto a las niñas el resto del viaje.&lt;br /&gt;El único asiento libre en ese sector lo esperaba y con su carga de vergüenza a cuestas Juan se dirigió hacia el.&lt;br /&gt;Se sentó cabizbajo, cuando las risas aún llegaban desde atrás y así permaneció por espacio de unos cuantos minutos, que le parecieron lustros.&lt;br /&gt;Fue ella, quién rompió la tensa situación. Ese fue uno de esos instantes en los que si uno pudiera, elegiría parar el tiempo y que sean eternos. Juan alzó la vista y su universo conocido careció inmediatamente de sentido. La veía a diario, en la escuela, la oía hablar y reír en los recreos y sin embargo no había reparado en que era ella la criatura mas hermosa que hubiera visto jamás. Así de simple y lapidario, como casi todo lo era en la vida de los Sánchez, así sintió que se moría de ganas de no retirar nunca mas la vista de la cara de aquella niña, pero la temperatura de sus mejillas lo delató y Juan bajo la mirada, que ella le sostenía sin ningún tipo de pudor, o quizás con toda la inocencia de esos años.  Juan sentía  como todo su cuerpo era víctima de una revolución en la que ni sus músculos ni sus ideas respondían a la manera en que el deseaba ordenarlas, su estómago pesaba una tonelada dentro suyo. Aún así, en una mueca mezcla de esfuerzo y complicidad, esbozó una sonrisa que libero de su interior toda la tierna ridiculez de la que uno es capaz en esos momentos.&lt;br /&gt;A partir de ese día, Juan Sánchez cambió su comportamiento casi completamente, y como no podía ser de otra manera, quien primero lo notó, fue su hermano Irmo.&lt;br /&gt;Juan ya no pasaba tanto tiempo jugando con Irmo, acusando que le aburrían los juegos de chicos, comenzó a procurarse espacios solitarios, si es que aún podía hacerlo mas frecuentemente de lo que lo hacía por naturaleza, se tumbaba en la cama y se pasaba horas mirando el techo y para que su hermano no invadiera ese momento con su verborrea le dijo que solo estaba pensando en algunos movimientos del partido de ajedrez que tenían sin terminar desde hacía días. Razón por la cuál, Irmo, ante la estrategia de su hermano sintió que daría muchísimas ventajas si no lo imitaba, y también pasó a recostarse buena parte de su tiempo a mirar el techo y  deshacer movimientos imaginarios que indefectiblemente terminaban por dormirlo.&lt;br /&gt;Amanda Sánchez se percato, luego de una semana de veneración de la siesta por parte de sus hijos de que algo no funcionaba como debería haberlo hecho y llamó al médico de cabecera de la familia. El doctor Emanuel Bravo, un octogenario que había visto pasar a 4 generaciones de vecinos por su consultorio, se presento una tarde para evaluar el estado de los niños, y casi sin mirarlos, ante la descripción del cuadro por parte de Amanda Sánchez, concluyó en que los niños padecían de una anemia que los tiraba a la cama, y recomendó a la madre una dieta especial a base de hígado, lentejas y toda clase de verduras. Aroldo , sin embargo, opinaba que se debía a la pésima calidad del agua potable que se consumía en la ciudad. Fue Irmo quién tomó la bandera de la resistencia ante cada plato de hígado, y en los medio días buscaba la mirada de su hermano para reafirmar que no estaba solo en esa lucha, sin embargo no encontró jamás en esos días de opresión culinaria el sostén de Juan, quien sin decir palabra terminaba sus platos y se retiraba de la mesa. El ímpetu de Irmo fue menguando paulatinamente hasta desaparecer, y desistió de la idea de recostarse a preparar aquella partida de ajedrez, cosa que además de darle sueño, le parecía absolutamente complicado y ridículo ya que le era imposible ubicar en el techo el salto de sus caballos, los blancos de aquella partida.&lt;br /&gt;Juan soportó aquella dieta sin darse cuenta siquiera que cada plato que le presentaban le era absolutamente desagradable.&lt;br /&gt;Para quien hubiera mirado en sus ojos, de la manera en que no solemos mirar, hubiera sido claro que Juan había dejado su cuerpo a la deriva para volver a sentarse al lado de aquella niña en sus pensamientos.&lt;br /&gt;Incluso Irmo, a pesar de su corta edad, presentía que a su hermano le pasaban cosas que nada tenían que ver con la anemia ni con la desagradable dieta, tampoco con el hecho de que en apariencia el pequeño estaba ganando la dichosa partida de ajedrez.&lt;br /&gt;El rasgo mas extraño de la actitud de su hermano era que había dejado de golpearlo sistemáticamente. Eso era a sus ojos una suerte  de desamor, que le producía un vacío difícil de describir a su edad, y es que Juan no se perdía una sola oportunidad de golpear la cabeza de su hermano, ya sea de pasada, en la mesa, en la calle o incluso en el colegio. Dolía ahora mas, la ausencia de aquel coscorrón  que lo hacía sentir a Irmo que su hermano del alma estaba allí para ayudarlo, que el propio coscorrón. Tanto así que cuando una tarde Irmo Sánchez apareció corriendo en la cocina, gritando a viva voz y con una sonrisa enorme llena de felicidad que su hermano lo había golpeado y muy fuerte, Amanda y Aroldo pensaron que el pequeño no estaba en sus cabales. Ciertamente no lo estaba, pero de felicidad, su hermano había regresado de su letargo, era el mismo de siempre. Juan le había aplicado a Irmo un “correctivo”, como solía llamarlos, que consistía en un golpe dado con los nudillos en la mollera de la victima, invención del propio Juan. El “correctivo” era el golpe entre los golpes para Irmo, era el que mas lo molestaba y le provocaba un dolor que se agudizaba en los segundos posteriores al golpe, y se prolongaba por unos minutos en los que la cabeza parecía hervir. En aquella ocasión el correctivo fue sin dudas una bendición para Irmo.&lt;br /&gt;Sin embargo ese golpe fue producto del cansancio, y no del final de aquella etapa de melancolía pos almuerzos, fue un pedido desesperado de intimidad e impotencia por no poder retener la imagen de aquella niña que se le escapaba a Juan entre los requerimientos imprudentes de su hermano menor.&lt;br /&gt;Juan sabía que debía hacer algo con aquello que sentía, y tenía perfectamente claro que no tenía ideas de que hacer.&lt;br /&gt;Sabía lo que le hubiera gustado hacer, eso si, pero no estaba seguro de que esas cuestiones se manejaran de esa manera. De hecho no estaba seguro de nada, solo de que ya no resistía las horas que había desde la salida del colegio hasta el otro día.&lt;br /&gt;Amanda había dejado de luchar por despertarlo, y al entrar a su cuarto lo encontraba sentado en la cama vistiéndose, lo cuál para ella era todo un acontecimiento , acostumbrada como estaba a tener que insistir hasta el cansancio para despertarlo. No podría decirle yo amigo lector si Amanda tomó esto como una actitud de madurez en Juan, o si la rareza de aquel cambio la hizo poner atención en algunos detalles, lo cierto es que Amanda puso violín en bolsa, como solía decir, y aceptó que fuera lo que fuera, el cambio era para bien, por lo que no indagó acerca de los motivos fundantes.&lt;br /&gt;Una mañana, una mas entre tantas mañanas calcadas unas de otras, los dos hermanos caminaban hacia la escuela y por esos golpes de timón que da el destino que nos permiten escribir historias, cambiaron el recorrido habitual y al llegar a la esquina de la panadería Juan se quedó repentinamente inmóvil. Irmo camino unos pasos y se volteo a mirarlo, sin entender el motivo de su detención, pero Juan tenía los ojos lejos, en otra parte ... Instintivamente Irmo siguió la dirección en la que miraba Juan de manera tan ridícula, y para su sorpresa lo que vio hizo que todas sus preguntas y dudas se acomodaran en su lugar con estrepitosa claridad. Allá, caminando de la mano de su madre por la vereda de enfrente, iba una niña que Irmo reconoció como compañera de su hermano. Volvió a mirar a Juan, que seguía estático en el mismo lugar y lentamente comenzó a caminar dejándolo atrás. Lo hizo silenciosamente durante algunos metros, tiempo suficiente para que su carácter se repusiera de aquella sensación de vergüenza ajena. Se detuvo y dejo que Juan llegara a su lado para retomar juntos la caminata, esa vez sumida en un silencio cómplice.&lt;br /&gt;No es de extrañar, que el menor de los hermanos, llegara a todo tipo de conclusiones, respecto a como afectaba una mujer a un hombre, lógicamente con la visión de un niño y mas aún, de un Sánchez, y en su caso particular con toda la carga de sagacidad e ironía de la que hacía gala. Tanto así que al cabo de unos cuantos días la maestra de Irmo mandó llamar a Amanda para mantener una conversación respecto a algunas inquietudes que la docente tenía.&lt;br /&gt;En la reunión, la maestra le entregó una redacción de Irmo, en la que el tema era “El Amor”, y entre otras cosas se leía en ella “El amor es peligroso, puede hacerte comer hígado durante días.”&lt;br /&gt;En ese momento Amanda, compartió con la maestra de su hijo, una sensación de desconcierto total. No lograban ponerse de acuerdo acerca del origen de la confusión que operaba en Irmo. Amanda le explicó que el entorno familiar de su hijo era perfectamente normal, que no convivía con situaciones de violencia y que era testigo de una relación de cariño y respeto entre sus padres. Concluyeron ambas en que pondrían especial atención a las actitudes del niño y que de ser necesario volverían a reunirse.&lt;br /&gt;Varios días hicieron falta para que Amanda Sánchez, asociara la redacción de su hijo con la dieta impuesta por el doctor Bravo, y una vez ligados estos extremos la recta de las conclusiones cobró una nitidez tan abrumadora como desconcertante. Su hijo, pensó, estaba enamorado, y a pesar de que Irmo no superaba los 10 años de edad, lo dio por sentado.&lt;br /&gt;No es raro que aún hoy, en alguna ocasión propicia para recordar la vida vivida, deslice algún comentario sobre el gran amor de Irmo, aquel que lo aturdió a tan corta edad. No hace falta explicarle amigo lector, que ni Juan ni Irmo, se encargaron jamás de aclararle la situación. Tampoco reparó Amanda en que quien mas extrañamente se comportó por aquellos días, era Juan.&lt;br /&gt;Pasada la involuntaria declaración de amor matutina de Juan Sánchez, a su hermano, la actitud del mayor de los hermanos cambió, quizás por la carga de vergüenza que sintió al dejar expuesta su situación., cosa que no se le daba normalmente y cuando ocurría lo hacía sentir demasiado desnudo, quizás porque su metabolismo sentimental pudo al fin digerir por vez primera, sensaciones y sentires que jamás había experimentado pero que, desafortunadamente, debería experimentar cíclicamente a lo largo de su vida. Jamás pudo Juan hacerle llegar a su musa, siquiera parte de todo aquello que sentía. Se conformaba con mirarla y desearla, y cuando digo desearla lea, estimado lector, desear compartir con ella un pupitre, un recreo alguno juego en la clase de gimnasia o sencillamente que ella festejara alguna de sus ocurrencias. La miro en silencio, la admiro en silencio durante meses y la soñaba despierto, escribió su nombre en cada pedazo de papel que llegó a sus manos y unió las iniciales de los dos nombres con una x en cuanta pared clara pudo localizar camino a la escuela, cosa esta ultima que Irmo jamás comprendió, ya que no entendía como se multiplicaban dos letras.&lt;br /&gt;El pasar de los días fue lentamente menguando aquella primera pasión de Juan de la misma manera que las lluvias lavaban las iniciales de las paredes. Pero hasta el final de sus días de estudiante guardó para aquella niña el recuerdo de un sentimiento que lo emocionó durante años.&lt;br /&gt;Aroldo Sánchez prácticamente no se percató de los primeros vaivenes emocionales de su hijo mayor, solo se quejó cuando se le solicitó predicar con el ejemplo en la mesa y comer el hígado recomendado por el doctor Bravo a los niños, cosa que hizo a regañadientes, pues a el también aquel plato le resultaba incomible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-o-&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/646007794242695953-5867356459783031595?l=anecdotariodeunsanchez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/feeds/5867356459783031595/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=646007794242695953&amp;postID=5867356459783031595' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/5867356459783031595'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/5867356459783031595'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/2008/10/capitulo-2.html' title='Capitulo 2'/><author><name>Javier Pelizzari</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18180685001490560691</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='28' src='http://1.bp.blogspot.com/_HW7myRmIqJI/SP_qLIXjkpI/AAAAAAAAAAg/oGLBRtqcAaY/S220/libro.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-646007794242695953.post-2150333261901419546</id><published>2008-10-07T08:31:00.000-07:00</published><updated>2008-10-07T08:34:09.496-07:00</updated><title type='text'>Capitulo 1</title><content type='html'>Eran tan hermanos, que parecían amigos. O tan amigos que parecían hermanos, solo que ellos tenían una madre en común por lo que biológicamente eran hermanos. También compartían el mismo padre, y  las vivencias de la convivencia en la misma casa de aquel barrio tan particular de la ciudad de Rosario. Más aún, las experiencias de las vivencias en aquella convivencia tan fuera de lo común. Y es que realmente aquella familia  tenía entre sus particularidades más ridículas la de ser, quizás, ridículamente particular.&lt;br /&gt;Sánchez era  el apellido de aquella familia, y por si usted es aficionado a la genealogía déjeme agregar que las dos ramas de la familia eran Sánchez, y se caracterizaban entre otras cosas por usar su bien ganado doble apellido, con lo cual en los años verdes de los boletines escolares, estos hermanos mostraban orgullosos sus libretas firmadas por Amanda Sánchez de Sánchez , lo que le daba una redundante  impronta a sus tímidas y  casi mudas  notas del montón., del montón de notas mediocres, claro está..&lt;br /&gt;Amanda Sánchez de Sánchez  había renunciado hacia tiempo he esperar de sus hijos alguna mención que los elevara sobre el resto de los estudiantes de  aquel endémico colegio provincial, y no obedecía esto a una elitista conjunción de estudiantes y docentes, sino mas bien a una natural capacidad de los niños para no sobresalir jamás, y menos en su ámbito escolar.&lt;br /&gt;A ella le hubiera encantado, lógicamente, verlos en  cualquiera de aquellos involuntariamente hilarantes actos patrios llevando la bandera. Sin embargo también disfrutaba, o se conformaba, pintando bigotes de corcho quemado a sus hijos, venidos a gaucho y granadero,  como los hay tantos en esos actos y no por eso, menos importantes.&lt;br /&gt;Hermosos años, recuerda cíclica e infaliblemente cada cumpleaños Amanda Sánchez de Sánchez al notar que ya no hace falta pintarle bigotes a sus niños, quienes siguen manteniendo el don de no destacarse jamás, sobre el resto de los jóvenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Aroldo Sánchez, las satisfacciones respecto a sus hijos pasaban en aquellos años, por otro lado Sus hijos estaban sanos, en realidad estaban rellenos, lo que a el le daba la seguridad de que su salud era la adecuada. Eran dos muchachitos que no se metían en problemas, fuera de las normales travesuras típicas de la edad, como solía decirles a cada uno de los vecinos que se presentaban a las puertas de su casa, factura del vidriero en mano, o incluso al mismo vidriero cuando se convirtió por designios de la ciclotímica suerte, en la victima de turno.&lt;br /&gt;A ambos les gustaba el fútbol, aunque no se les diera en suerte tener buen pié, y eso ya ahuyentaba los peores fantasmas en la mente de Aroldo Sánchez, para quien un grito de gol en la boca de sus hijos era  prueba irrefutable de la insipiente virilidad de ambos. De pequeños solía llevarlos de cuando en cuando a algún hueco donde intentaba legarles a sus hijos los dones venidos a recuerdos de su histórica pegada, aquella que lo hiciera bien merecedor del apodo con que sus amigos del club lo recordaban, el fierro Sánchez, aunque no faltara en el barrio quién aseguraba que ese apodo se debía a una serie de desafortunados acontecimientos que se sucedieron en un baile de carnaval, justo en el momento en que Aroldo Sánchez ingresaba el club. Pero como el solía decir, “...que cosa tan fea es la envidia.”&lt;br /&gt;Con el tiempo esas tardes de sano juego con su padre en los que los hermanos Sánchez sólo tenían la posibilidad de acercarse un poco a su entrenador, y no a su padre, terminaron por generar un cierto rechazo de los niños a la practica del fútbol, asumiendo que su lugar perfecto dentro de una cancha era detrás del alambrado, donde si se encontraban con su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De los dos hermanos,  Juan Sánchez era el mayor. Ocupaba ese, su rol designado, a la perfección. De contextura robusta y con cara que solía variar, indefectiblemente, a los rasgos severos, aún en los momentos en que estaba plenamente alegre. No eran muchos estos momentos de pública exaltación de la alegría en  Juan Sánchez, su carácter se había inclinado a la introspección en el ámbito familiar. Por omisiones, ignorancias o desintereses, o por una para nada dramática conjugación de todo eso, nunca se insistía en la pregunta acerca de cómo le había ido en su día. Su escueto, “...igual que ayer, bien” alcanzaba para que Aroldo y Amanda respiraran un tanto aliviados y sintieran, tácitamente, que todo estaba en orden. Y es que realmente todo estaba en orden, lejos de las barbaridades del mundo, esas que se leían en los diarios o se veían por televisión, ellos habían logrado inculcar en sus hijos aquel pragmatismo inconsciente que sobre todas las cosas, evitaba problemas.&lt;br /&gt;Mezquino en sus esfuerzos, Juan Sánchez transitaba por su preadolescencia sin mayores preocupaciones y con una cada vez mas desarrollada habilidad para analizar las cosas con  una practicidad tan abrumadora como obvia, dueño de una ironía que se asomaba como el filo de su rebeldía a las cosas que no lograba digerir.&lt;br /&gt;Sus compañeros,  no lo hubieran dudado, habrían afirmado lapidariamente que Juan Sánchez era un gordito boludo, jamás en su presencia claro, ya que  su contextura robusta gozaba del respeto de la mayoría de sus pares y sus gestos austeros y mirada firme invitaban sutilmente a callarse esos comentarios y evitarse algún trompis.&lt;br /&gt;Irmo Sánchez era el menor de los dos hermanos, y físicamente como intelectualmente era tan parecido a su hermano como un cocodrilo lo es a una paloma.&lt;br /&gt;En realidad Irmo, no era parecido a ninguno de los Sánchez, y hoy tantos años después de que sus facciones tomaran tintes definitivos, Amanda continua en la búsqueda de algún pariente que se le asemejara, para poder mostrarle a todos que efectivamente la genética no se equivoca, y si las lenguas ponzoñosas de algunas vecinas, que murmuraron allá en los años en los que naciera la criatura. Y es que era vox populi, como casi todo lo era en ese barrio, que por ese entonces la intimidad del matrimonio Sánchez se había visto perturbada por un repentino cambio en el humor de Aroldo.&lt;br /&gt;Irmo se educó y crió con las matemáticas fórmulas de vida que su padre pregonaba en cada sobremesa. Esas que  repetidas tantas veces, terminaba por confundirlas con dichos populares, y no sabiendo si eran de  la autoría de su padre o del  saber popular. Esto ayudó mucho en un principio a la sobrevaloración de su padre, quien mechaba sin ningún tipo de pudor sus lapidarias anque obtusas conclusiones sobre la vida, con citas de las mejores plumas de la humanidad. Claro, el tiempo se encargó de separar las unas de las otras, y la distorsión intelectual respecto a su padre fue paulatinamente esfumándose hasta convertirse  en la convicción de que Aroldo Sánchez, su padre, era solamente eso, Aroldo Sánchez.&lt;br /&gt;Desde muy temprana edad Irmo se mostró, inquieto e intrépido. Inquebrantable a la hora de dar rienda suelta a sus inquietudes, estoico a la hora de tener que recibir en gracia la tunda correspondiente a la travesura de turno.&lt;br /&gt;También en su caso Irmo tuvo una infancia dentro de lo que se podría llamar normal, Su primera preocupación seria devino al comenzar la escuela primaria. Cuando con toda su mezcla de inocencia y orgullo, contó a viva voz, que el se llamaba como su abuela, Irma, hecho este, que obligó a su hermano mayor a tomar una actitud disuasiva para evitar que sus compañeros continuaran martirizándolo.&lt;br /&gt;Por naturaleza extrovertido, curioso y de  palabra fácil, a diferencia de su hermano, a Irmo jamás hacia falta preguntarle como le había ido,  todos debían enterarse quisiesen o no, y el se encargaba eficientemente de que así fuera.&lt;br /&gt;No era raro ver en el actitudes cariñosas y cordiales, ya sea dentro o fuera de su ámbito familiar.&lt;br /&gt;Aroldo Sánchez veía en su hijo menor a un perfecto consentido de su madre, a quien le achacaba que su hijo celebrara con mas pasión un aguacero de verano, que un gol de su equipo. Quizás por eso su mejor esfuerzo en aquellas tardes de potrero lo puso en Irmo, a manera de cruzada santa contra sus peores y mas oscuros temores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos tiempos, lejanos pero no tanto, la familia gozaba de una posición económica para nada acomodada, pero si tranquila a nivel de cubrir sus necesidades básicas, y es que realmente las necesidades de los Sánchez eran básicas, incluso en extremo. Se los tenía en los círculos sociales del barrio por una familia espartana,  que cumplía con los requisitos mínimos e indispensables para ser considerados clase media, pero a la que le faltaba mucho de  alcurnia  para  contarse entre las familias acomodadas de aquel barrio de clase media tan peculiar.&lt;br /&gt;Hago hincapié en que ninguna de las familias de aquel barrio era ciertamente patricia, pero claro, esta apreciación puedo hacerla yo a la distancia, inmiscuidos como estaban en aquel microclima de la realidad ellos tenían muy claro quienes eran los cajetillas y quienes no, valla uno a saber basado en que premisas de comparación. De todas maneras supongo amigo, que el listón no debe haberse puesto muy alto para haber sido aceptado como miembro de aquélla seudo aristocracia de empleados ferroviarios, postales, de comercio y pequeños comerciantes, sin desmerecer esto por favor a ninguno de los gremios.&lt;br /&gt;Permítame contarle, sin animo de distraerlo, por ejemplo sobre las diferencias sustanciales, que en realidad no lo eran tanto, entre unos y otros.&lt;br /&gt;Medianera por medio a la casa de los Sánchez, vivía la familia Rutaerem.&lt;br /&gt;Sobre quienes aún hoy se sigue discutiendo acerca del origen de su apellido. Este tema, ocupo en los mediodías de los Sánchez una cantidad navegable de café en sobre mesas. Aroldo aseveraba con una seguridad filatélica, que se trataba de una deformación de un apellido francés mal inscripto, en la época de las corrientes migratorias europeas llegadas a la dársena norte en Buenos Aires, y allí comenzaba su discurso sobre lo inculto y soberbio de aquellos empleados del estado que se encontraban allí por cuestiones meramente políticas, que a su vez derivaba en una reseña histórica muy al estilo Aroldo Sánchez. En cambio Amanda, con su común sentido común y juzgando su aspecto, los llamaba sencillamente los turcos, y no porque hiciera referencia a Turquía como origen de esta familia vecina, sino a algún lugar que debía situarse mas allá de los Urales hacia el este y desde Egipto hasta La india. Con lo cuál para Aroldo aquella definición étnica carecía de todo peso histórico y geográfico, encargándose de desmerecerla como dato científico cada vez que el tema ocupaba la mesa.&lt;br /&gt;El jardín trasero de los Sánchez, que mas que jardín era un fondo en el cuál no se sabía si faltaba terminar el piso de baldosas o había sido concebido como espacio verde, lindaba con el de los Rutaerem y estaban separados por una pared medianera toscamente construida, como para conservar una intimidad que se ve repentinamente violada.&lt;br /&gt;Quiso la madre naturaleza, la buena o mala fortuna, alguna ley extraña de algún escritor escaso de inspiración o vaya uno a saber que cosa, que una buena mañana, notara Amanda que del otro lado de la medianera asomaba casi sin ganas de ser vista, una ramita de jazmín con un pimpollo blanco que se adivinaba seria una flor en pocas horas de sol. Nada, un suspiro, una gota de agua en un desierto, eso era aquel pimpollo en la irregular pena de aquel muro marrón de pena. Sin embargo fue suficiente. Miró su fondo y vio, como a quien de repente lo extraen de su realidad para mostrársela desde muchísimo mas arriba, lo lúgubre que era aquella parte de la casa. Dos bicicletas oxidadas, un elástico metálico de una vieja cama, una palangana enlozada que en sus buenos tiempos era blanca, una pelela de plástico azul, testigo olvidado de la independencia escatológica de sus hijos y unos cajones de madera, promesas de algún asado futuro, adornaban un rincón. En vano intentó consolarse pensando que aquello impregnaba el fondo de una cierta nostalgia santelmina, no pudo por mas que intentó, convencerse de que aquellos objetos eran parte de un pasado familiar y trocó romanticismo por aberración. Lo único que deseó, con todo su corazón, fue tener un jardín.&lt;br /&gt;Incansables tardes dedicó Amanda a remover de aquel predio la tristeza hecha  pasto y la angustia suciedad, pruebas vivientes de años de olvido, trabajó sin detenerse mas que a mirar aquel capullo que día a día se hacia mas alto y fuerte.  Una mañana de domingo, cuando ya había preparado debidamente la tierra con cuanto estiércol de caballo pudo recolectar, se decidió a plantar junto a la pared medianera, un jazmín amarillo. Cuando la faena estuvo terminada se sentó a admirar su trabajo, y comprendió entonces, que de ahora en mas solo era cuestión de tiempo, que cuanto estaba en sus manos ya estaba hecho. &lt;br /&gt;Pasaron los días y se hicieron semanas, en el lugar donde fue plantado el jazmín no había rastro alguno de vida, ni una señal que hiciera pensar que debajo de la tierra algo se estaba gestando, ni un brote se asomaba al menos para clamar de la angustia e impaciencia de Amanda. Al cabo de unas cuantas semanas mas y ante la irrefutable realidad de que los tiempos de la naturaleza no eran iguales a los de sus necesidades, le exigió a Aroldo que instalara en aquella pared, una repisa, a una altura considerablemente alta, para ser una repisa normal. Compro entonces una hermosa maceta con un jazmín amarillo fuerte y bien criado, y sin dudarlo un segundo, lo ubicó sobre la repisa, y la altura de la planta hacía que sobresaliera por encima del tapial unos 40 centímetros. El jazmín blanco de los Rutaerem se convirtió entonces en un embajador blanco de su propia soledad rodeado de jazmines amarillos que reclamaban su espacio vital. Apreciar la belleza de aquélla maceta con sus flores amarillas, en la altura de aquel fondo desprovisto de baldosas, pero sin artefactos desvencijados que lo decoraran, la reconfortó enormemente y sació sus ganas de un jardín propiamente dicho, al menos por esos días.&lt;br /&gt;Ese era el espíritu, entre quienes eran y quienes deseaban ser como los que eran...en aquel barrio tan sui generis, en el que todo se sabía y todo se comentaba de alguna u otra manera y con alguna u otra intención.&lt;br /&gt;El cruce obligado con la señora Rutaerem, esperado por Amanda Sánchez desde el mismo día en que ubico su jazmín en la repisa, no se dignaba llegar. Su vecina seguía tan sonriente y educada como de costumbre pero no deslizaba palabra acerca de  como se veía el nuevo jardín de los Sánchez desde su casa. Finalmente y con la ansiedad elevada a su máxima expresión, Amanda se decidió a forzar el tema, y en la verdulería de  Pinocho, así lo conocían en el barrio a  Salvador, el verdulero, comento en voz alta y con toda la intención de que la voz corriera sobre su “dolor tremendo espalda” producto de tanto trabajar en su nuevo jardín. Y la voz corrió, como normalmente pasaba en aquel lugar. No tardaron en llegar a casa de los Sánchez, mujeres de todas las latitudes del barrio con plantas de Aloe para que Amanda se hiciera infusiones., barras de azufre para pasarle por la espalda o incluso algún caso extremo, como el de su vecina de enfrente, quien se apersonó con un maletín repleto de agujas de diferentes tamaños, y por poco la obliga a una sesión reparadora de acupuntura, que felizmente para Amanda no se llevo a cabo, ya que sucumbió a  su sensibilidad a los pinchazos y al ver las agujas cayo al piso desvanecida como si su alma hubiera elegido abandonar su cuerpo.&lt;br /&gt;Sin embargo, ni una sola palabra llegó de boca de la señora Rutaerem, quién para Amanda solo lo hacía por encontrarse sumamente resentida, e incluso llegó a darle la razón a su marido en aquello de “que cosa tan desagradable es la envidia”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si me preguntan porque los hermanos Sánchez, crecieron inmunes a este tipo de actitudes, mi respuesta sería de total desconocimiento.&lt;br /&gt;Quizás la propia naturaleza se encargara de darle a Juan e Irmo Sánchez las herramientas para protegerse. En el caso de Juan su profunda tendencia al encierro, a no mezclarse, a auto marginarse en su  ámbito familiar. A Irmo, una gran sensibilidad, lo que indefectiblemente resultaba en grandísimas desilusiones que lo obligaban a tomar distancia de ciertas cosas para no sentirse herido. Aunque internamente algo sucumbía ante las embestidas de lo que a su juicio, no era del todo correcto. Ante esas situaciones su sensibilidad le exigía a su cuerpo algún tipo de manifestación, por lo que era bastante normal que Irmo acabara algunos días en cama. Obviamente los diagnósticos jamás rozaban siquiera por asomo la beta psicológica. Amanda, experta en medicinas hogareñas y devota de las artes de la automedicación, ya emitía un veredicto con solo apoyar su mano en la frente de su hijo. Algo, sin embargo, había que reconocerle, y era la prodigiosa exactitud de  su juicio en cuanto a la temperatura.&lt;br /&gt;Imagine ud. Amigo lector, lo ridículamente cómico que es, que una persona apoye la mano en su frente y le diga sin titubear, “38.7”. Pues eso hacía Amanda y créame cundo le cuento, que no se equivocaba.&lt;br /&gt;Su marido esperaba estas oportunidades para demostrarle que debía hacer las cosas de otra manera, y a escondidas, mientras ella ya concebía la cura de aquel mal, el tomaba de un cajón un termómetro, tesoro escondido si los había, y se abalanzaba sobre el enfermo para demostrar que su mujer, no estaba en lo correcto. Jamás se supo de una vez en la que pudiera probar que la temperatura indicada por su esposa fuera errónea.&lt;br /&gt;Tras  esa toma tan particular de la temperatura, llegaba el diagnóstico, y el tratamiento. Y aquí si que los Sánchez hacían gala de las mas extrañas mezclas druídicas, pasadas de generación en generación, por lo que seguramente mal, no hacían, aunque dudo mucho que influyeran demasiado en el curso de la enfermedad.  El te de vino tinto, era quizás la mas recurrente  e indeseable de todas ellas. Según rezaba la milenaria receta, se debía calentar vino tinto al punto de hervor, una vez hirviera había que encender el bao del alcohol, una llamarada preferentemente azul, salía del recipiente y se apagaba lentamente. Cuando se hubiera apagado por completo, esto indicaba que era el momento de beberlo. Sintiendo que  se incineraba por dentro, quién recibía el remedio, debía abrigarse en extremos sin importar la temperatura ambiente, y acostarse bien tapado. Esto producía que el cuerpo comenzara a sudar horrores, y su temperatura se elevara rápidamente, matando cualquier micro organismo intruso que estuviera molestando. Una verdadera tortura, que  cualquier persona solucionaba con dos días de reposo y algún jarabe de gusto medianamente aceptable. Hubo ocasiones en las que Juan Sánchez llegó a disimular su estado febril, para evitar el remedio de su madre, cuando cualquier otro niño de su edad se tiraba a la cama para poder faltar a la escuela. Amanda, que además de todo era madre, notaba el malestar de su hijo, y se contentaba con el esfuerzo que el hacia para evitar dejar de ir al colegio, con lo cuál generalmente lo premiaba con un saludable te de vino y dos caramelos de propóleo de consuelo a su regreso, por lo que los niños comprendieron a corta edad que en la vida había cosas de las que un hombre no podía escapar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hermanos Sánchez tuvieron desde siempre una muy buena relación. Juan protector incondicional de su hermano en todo sentido, e Irmo respetuoso en extremo de la mayoría de edad de su hermano Juan, y de su porte lógicamente. Compartían juegos, inquietudes y algún que otro proyecto que los  cautivara. Como aquella vez por nombrarle uno.&lt;br /&gt; Estaban sentados al umbral de su casa una tarde cruel de verano, Juan tenia 6 años e Irmo 4. Observaban con pena como a pinocho, el verdulero, le costaba horrores mover una humanidad de casi 190 kilos por la verdulería, sentarse, pararse...Usaba constantemente un pañuelo blanco que pasaba por su frente secando el sudor, y soplaba como un potro a punto de extenuarse en su carrera. Lo miraron durante casi un cuarto de hora,  y Juan fue quién opinó que algo debían hacer para evitarle a ese hombre semejante tortura. Fue corriendo a su habitación y regresó con un clavo en el diminuto bolsillo del short que llevaba puesto. El clavo tenia unos 15 centímetros de largo, por lo que en la pequeña mano de Juan era casi un puñal, era uno de esos clavos que se usaban en el ferrocarril para fijar los durmientes. No hubo explicaciones, ni planeamiento de la acción, solo se miraron e Irmo comprendió lo que estaban a punto de hacer, hermanados  en la pena de verlo sufrir a Salvador, pinocho, decidieron desinflarlo.&lt;br /&gt;En que momento el clavo paso a manos de Irmo, yo no lo se, tampoco se si Juan se lo entregó o si el lo tomó, pero ambos se incorporaron y comenzaron a caminar hacia la verdulería, donde pinocho se encontraba sentado en una silla de madera y mimbre puesta contra la pared de lajas.&lt;br /&gt;El paso de ambos se aceleró y también su corazón cuando notaron la mirada de pinocho en sus ojos a pocos metros de distancia, casi podría asegurar que en ese instante ambos se dieron cuenta de que no era esa la manera de ayudar, pero a esas alturas ninguno pensó en detenerse.&lt;br /&gt;A la carrera veloz, la pequeña mano de Irmo arremetió con el clavo contra el abdomen de pinocho, quien había intentado algún movimiento inútil ante la velocidad de los niños.&lt;br /&gt;Se escucho su grito, que mas que de dolor, fue de sorpresa, y sentado como estaba tomo de un cajón cercano una pera, y la lanzó contra los niños, con tan mala fortuna que esta pegó en el filo de un toldo de aluminio que tenia la verdulería y cayó al piso destrozándose y ensuciando en su caída meteórica a la esposa de Jorge Matievich, cerrajero de la otra cuadra, quien con una mezcla de estupor y odio, y no pudiendo articular palabra solo se digno a mirarlo a Salvador y jurarle sobre los santos evangelios que jamás volvería a pisar su verdulería, cosa que finalmente no ocurrió por dos motivos, pinocho le obsequió a manera de disculpas una canasta llena de frutas y hortalizas muy bien presentada, y segundo pero para nada menos importante, la otra verdulería estaba a tres cuadras de distancia y la buena señora quería evitarse la caminata diaria.&lt;br /&gt;Hoy puedo contarle que realmente lo que los motivó aquella tarde a hacer lo que hicieron, fue un buen sentimiento, claro que muchas veces equivocamos los caminos y lejos de ayudar a quien intentamos, lo perjudicamos, por lo que los hermanos Sánchez por niños y por Sánchez deberían estar mas que excusados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese clima de convivencia y con ese tipo de peculiaridades, Juan e Irmo Sánchez crecieron y se desarrollaron. Las cosas en la casa de los Sánchez tendían a no modificarse, por lo que las rutinas folklóricas se convertían en leyes inquebrantables con el paso de los años, al punto de que obviarlas o torcerlas eran conceptos inimaginables. “las cosas bien hechas no abundan” decía Aroldo con razón, “para que cambiar una cuando sabemos que así funciona bien?”.  Fiel a esta filosofía de vida es que Aroldo Sánchez, entre otras muchas cosas, no pudo jamás desprenderse de su sillón de leer, aun cuando sentarse en el era un verdadero auto flagelo ya que uno de sus resortes había perforado el gastado respaldo y se incrustaba en la espalda quien en el osara apoyarse. Aroldo, reacio a admitir que su sillón de leer era una ruina y mostrando que el detalle del resorte no le quitaba enteros a la comodidad que ofrecía, adoptaba en el sillón una postura totalmente antinatural, que para quien no supiera de la existencia de ese resorte podía ser producto de una escoleósis agudísima. Manuel Illarranzaga, a quién lo conocían como “el gaita” a pesar de sus años de esfuerzo recalcando que era vasco y no gallego, dueño de una tapicería que se dedicaba a la reparación de muebles de estilo, finalmente había rehusado retapizarlo ya que consideraba que era ni mas ni menos que robarles el dinero. Aroldo se presentaba puntualmente a su comercio con el sillón desvencijado cada seis meses y le pedía un “service de rutina”, tras lo cual Manuel lo retapizaba in situ  mientras  Aroldo le explicaba que su sillón era una verdadera reliquia de estilo, de esas que ya no se fabricaban, y que nadie mejor que el, conocedor del arte de reacondicionar esas reliquias, para ponerle las manos encima. Las primeras cuatro veces, Manuel argumentó con gran conocimiento y respeto, que el sillón era una mala imitación de un estilo de muebles de comienzos de siglo, fabricados en Inglaterra, donde se buscaba la simpleza de líneas y lo campechano, mas que lo exótico o sobrecargado. Aroldo asintió en esas cuatro oportunidades, que era exactamente lo que el suponía, que su sillón era un Luis xv. Permítame amigo lector explicarle que entre los dos estilos mencionados hay 300 años de diferencia y son la contraposición perfecta. Las siguientes  ocasiones Manuel no emitió opinión alguna acerca de estilo del mueble, y finalmente decidió no seguir remendándolo.&lt;br /&gt;Lejos de sentirse ofendido, Aroldo le envió una carta con uno de sus hijos, entre otras cosas allí expuestas, se leía su “agradecimiento, por la sinceridad mostrada, donde lejos de importarle el dinero, reconocía que su arte no era lo suficientemente delicado para su sillón.”. Y remataba con un “ eso demuestra amigo Manuel, que es Ud. un hombre de bien, y un gallardo representante de su España natal”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- o -&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/646007794242695953-2150333261901419546?l=anecdotariodeunsanchez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/feeds/2150333261901419546/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=646007794242695953&amp;postID=2150333261901419546' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/2150333261901419546'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/646007794242695953/posts/default/2150333261901419546'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://anecdotariodeunsanchez.blogspot.com/2008/10/capitulo-1.html' title='Capitulo 1'/><author><name>Javier Pelizzari</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18180685001490560691</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='28' src='http://1.bp.blogspot.com/_HW7myRmIqJI/SP_qLIXjkpI/AAAAAAAAAAg/oGLBRtqcAaY/S220/libro.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
